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Primera Compañía  


LA HISTORIA CON SANGRE ENTRA


La Primera Compañía de Bomberos nació cuando rayaba la luna del domingo 8 de marzo de 1896. Primero se constituyó el Directorio del Cuerpo de Bomberos, (aunque no había Compañía alguna que a esa temprana hora le diera sustento) y luego, con el resto de los ciudadanos que se hallaban presentes en tan importante acontecimiento, se procedió a elegir a quienes habrían de hacerse cargo de la Compañía que -desde ahí para adelante- sustentarían el trabajo de aquellos que se habían transformado, con anterioridad, en sus oficiales superiores.

La historia hasta ahora ha sido mezquina con quienes integraron esa Primera Compañía. Apenas si se registran los nombres de los oficiales que habrían de encabezar las dificultades de la primera hora. Todo estaba por hacerse. Castro, villorrio miserable de 191 casas y 1522 habitantes, no poseía agua corriente en las casas ni menos luz eléctrica. En la Plaza, frente al convento de los padres Franciscanos, en la casa que ocupaba el Gobernador del Departamento, en la del Alcalde y en la del comisionado de Policía, unas lámparas a gas de carburo, como espejuelos borrosos, indicaban el camino a los escasos valientes que se atrevían a circular en las noches de invierno.

A pesar de ello, no menos de 36 vecinos habían concurrido a la cita que, desde una semana antes, había comenzado a anunciarse con el propósito de constituir una Organización que -en lo esencial- se responsabilice para colaborar en forma eficaz, organizada, con método y disciplina, ante las emergencias que se producían año a año sea por el fuego, el principal enemigo de estos pueblos en ciernes, o por los estragos de la naturaleza.

Cuando decimos “no menos de 36 vecinos concurrieron a este acto”, es porque efectivamente hubo muchos más, los que, sin embargo, por su juventud, no pudieron firmar el documento que se legalizaría posteriormente en la Notaría Local.

Esos nombres no han sido rescatados por los historiadores y hoy, a 110 años de ocurrido tal hecho, sus herederos, los voluntarios de la Primera Compañía, pecaríamos de mezquinos si no los inscribiésemos en los registros de la historia, en los registros de la inmortalidad de la que no debieron haber nunca salido.

Ellos son: Patricio Díaz Sánchez, John Christie Dangle, Fidel Vargas,

Basilio Maldonado Andrade, Ignacio Henríquez G., Francisco F. Henríquez, Antonio Gómez Pereira, Manuel Miranda Velásquez, Belisario Sartori, José Maria Escudero, Juan Bautista Osorio, J. Jorge Oberreuter González, Juan Barrientos Barría, J. Ignacio Díaz, Braulio Bonilla P., Félix González, Manuel Ampuero, Bernardino Triviño, Juan Antonio Borquez, J. Agustín Borquez, Ramón Vidal García, Darío García O.-, Manuel Oyarzun A., Francisco Gómez P., Diego Sierpe G.-, José Maria Oyarzo, Pedro Maria Gutiérrez, Francisco Díaz Andrade, Nicanor Mancilla, Francisco Oyarzún, José David Barrientos, J. Emilio Márquez, José Domingo Canobra, Rudecindo Cárdenas, Manuel Vargas Vargas y Belisario Bahamonde Andrade.

Los que no pudieron firmar, entre otros, fueron Ruperto Triviño, de 11 años y Manuel Antonio Díaz Bórquez, de 12 años, que fueron elegidos “abanderados” de la Primera Compañía.

La primera Compañía, designada como Compañía de Hachas y Escalas, inició desde aquel instante su devenir histórico. Apenas unos meses más tarde debería probar a la comunidad en la que había nacido, el temple del que estaba formada. Tal como da cuenta el recién aparecido periódico “EL CHILOE”, en su edición del 11 de junio de 1897, una nueva catástrofe se había dejado caer sobre sus atribulados habitantes:




OTRO GRAN INCENDIO:

“Cuando aún no se borra de la memoria del vecindario el recuerdo triste del colosal incendio que tuvo lugar en la noche del 13 de julio próximo pasado, otro, de proporciones tan vastas como el anterior, deja nuevamente sin hogar y sin abrigo a un buen número de familias.

A las 3 A.M. del día 3 del presente la población era despertada al ronco tañido de las campanas que anunciaban la presencia del fatídico elemento. El fuego hizo su aparición en la calle Blanco, por la parte del edificio de cocina de don José D. Canobra. En un momento se arrasó ésta propagándose el fuego al elegante edificio, aún inconcluso, del mismo señor Canobra. Como en el anterior, en el incendio no hubo oportunamente ni agua ni otros elementos indispensables para atajar el terrible enemigo.

El fuego se extendió luego a las casas vecinas de la misma acera y pronto también hizo su aparición en las casas del frente, al otro lado de la calle. Era entonces una temeridad pretender arrebatar al enemigo su presa. Sin embargo, el pueblo y muchos de los bomberos recientemente formados trabajaron con todo entusiasmo y valentía, logrando, al fin, después de supremos esfuerzos, cortar el fuego...”

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